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«Cuando un tenedor te cuesta 25 euros, eso no es viable»: unos niños de A Coruña se pusieron a imprimirlos

Por · Publicado el 12 de agosto de 2026

✅ Información contrastada con fuentes oficiales. Última revisión: 12 de agosto de 2026.

Si alguna vez has buscado un cubierto adaptado, un sujetalápiz o algo tan tonto como un artilugio para sacar pastillas de un blíster, sabes de qué va esto. Miras el precio dos veces. Y luego lo miras una tercera.

La investigadora Thais Pousada, profesora de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), lo dijo en una frase que resume bien la sensación: «cuando un tenedor te cuesta 25 euros, eso no es viable».

Se lo dijo a unos niños de nueve años. Y los niños se pusieron a fabricarlos.

Lo que ha pasado

Cuenta Servimedia que un grupo de 23 alumnos del CEIP Curros Enríquez de A Coruña lleva tres cursos mirando los objetos de casa de otra manera: un lápiz, una cuchara, unas gafas, un blíster de medicamentos. La pregunta siempre es la misma: ¿y si alguien no puede usarlo como está pensado?

Empezó en cuarto de Primaria, cuando Pousada fue al colegio a hablarles de discapacidad. Al principio montaron una pequeña cooperativa y trabajaron con material de manualidades. Cuando el centro recibió una impresora 3D, la cosa cambió de escala.

De ahí han salido adaptalápices y ayudalápices para dificultades de motricidad fina, sujetacucharas y sujetatenedores para comer con más autonomía y un ayudablíster para sacar la medicación sin pelearse con el envase. Todo con material barato y modelos abiertos.

El proyecto se llama Diseño 3D con impacto social: del aula a la inclusión, lo impulsa la UNIR junto a la Fundación ENKI y la Federación Española de Enfermedades Neuromusculares (ASEM), y las necesidades no se las inventaron: las plantearon personas con discapacidad vinculadas a esas entidades.

Su último reto ha sido el eclipse de hoy: gafas homologadas con una pieza impresa para agarrarlas mejor, una diadema para no tener que sujetarlas con las manos, una maqueta táctil del Sol, la Tierra y la Luna que emite sonido cuando se alinean, y un libro del eclipse con pictogramas, braille y relieve.

Qué significa para las familias

Hay dos cosas aquí, y conviene no mezclarlas.

La primera es la evidente: muchas adaptaciones que se venden caras son, técnicamente, piezas sencillas. Si en tu zona hay un instituto, una biblioteca o un espacio maker con impresora 3D, merece la pena preguntar. Los modelos abiertos existen y el material cuesta céntimos.

La segunda me tocó más de cerca. Antes incluso de la impresora, esos críos diseñaron elementos de calma para compañeros con dificultades de procesamiento sensorial: cosas para tocar y pasar por el cuerpo, para regularse. Nadie se lo pidió. Se les ocurrió porque llevaban dos años pensando en cómo vive el de al lado.

Eso, en un aula de 23 niños de orígenes muy distintos, vale más que cualquier charla de sensibilización.

La letra pequeña

Dos avisos honestos.

Una pieza impresa en casa no es un producto sanitario. Para postura, alimentación o manipulación, lo que imprimas debería pasar por el terapeuta ocupacional de tu hijo antes de usarlo a diario. Estos niños trabajaron acompañados por profesionales; no es lo mismo bajarse un modelo y probar.

Y la nota no dice si los diseños están publicados para descargar. Sería lo lógico, siendo un proyecto financiado con una convocatoria pública de divulgación de la UNIR, pero a día de hoy no consta un repositorio abierto. Si aparece, lo enlazamos aquí.

Fuentes

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